Claves de la diáspora de colombianos que arriesgan su vida por ‘El Hueco’

Claves de la diáspora de colombianos que arriesgan su vida por ‘El Hueco’

Claudia Marcela Pineda, Juan Carlos Rivera y Jonathan Egidio Betancourt nunca se conocieron. Los tres, sin embargo, murieron persiguiendo el mismo sueño: hacer una vida en Estados Unidos, aunque para ello tuvieran que apostarla —y en sus casos, perderla— tratando de entrar ilegalmente al país del norte por ‘El Hueco’, la peligrosa red de pasos clandestinos de la frontera con México.

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Sus historias sacudieron a los colombianos. Claudia Marcela murió de hambre y de sed en el desierto de Yuma, ya al otro lado de la frontera, con María José, su niña de 11 años. El plan era reencontrarse con su esposo, que había logrado entrar a Estados Unidos meses antes. Su otro hijo, de apenas 3 años, fue rescatado por la Patrulla Fronteriza.

Juan Carlos alcanzó a escalar el muro de acero de nueve metros que divide el inhóspito desierto de Sonora a la altura de los estados de Baja California, en México, y California y Arizona, en Estados Unidos. Pero cuando trataba de bajar de una altura equivalente a una casa de cuatro pisos se vino a tierra: su cuerpo sin vida fue hallado el 24 de febrero pasado por los federales de Arizona.

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Jonathan se ahogó tratando de atravesar el río Bravo. Su esposa y su hija lo lograron, pero a él lo encontraron kilómetros río abajo; como para remarcar lo inútil de su muerte, el cuerpo fue encontrado en la orilla mexicana, a la altura del estado de Coahuila.

A los tres, según supieron sus familiares en Colombia, los abandonaron los ‘coyotes’ o ‘polleros’, los traficantes que les habían sacado entre 800 y 3.000 dólares por persona con la promesa incumplida de ponerlos a salvo al otro lado. Un riesgo —otro más— que ellos conocían bien, pero que se vieron forzados a asumir. Como les toca a centenares de personas de decenas de nacionalidades que cada día ponen sus vidas en manos de las redes criminales que mueven en su ‘portafolio’ ilegal desde tráfico de personas, secuestro y narcotráfico hasta prostitución forzada y sicariato.

Claudia Marcela, Jonathan y Juan Carlos son parte de una nueva diáspora de colombianos que empezó a tomar fuerza desde finales del 2020, alimentada por los estragos sociales y económicos de la pandemia y por la expectativa, hasta ahora infundada, de que con Joe Biden a los ilegales les iba a ir radicalmente mejor que con Donald Trump.

Tan solo en marzo pasado, las patrullas fronterizas detuvieron a 15.000 colombianos que lograron pasar por ‘El Hueco’: van más de 40.000 desde octubre, y para la mayoría de ellos la posibilidad de terminar con un estatus de refugiado en Estados Unidos es poco menos que remota.

María, de 30 años, logró pasar el año pasado con sus dos hijos. Pero le tocó vivir no el ‘sueño americano’, sino una pesadilla que incluyó hasta un secuestro exprés a manos
de un ‘coyote’ que terminó quitándoles más de 16.000 dólares. Fue en Nuevo Laredo, una de las ciudades que son paso obligado de los ilegales que intentan entrar por Texas. Los retuvieron por más de dos semanas mientras los delincuentes negociaban con el hermano de María el pago de una suma adicional.

“Nos llevaron a una bodega horrible, que parecía una cárcel hacinada. Las personas dormían en el piso. Parecía una película de terror”, cuenta. Y siempre le dio vueltas en la cabeza el temor de que ella y sus hijos terminaran en manos de una red de trata de personas: “Allí entraban hombres que nos tomaban fotos, era horrible. Estábamos a merced de esta gente. Uno piensa que lo van a vender”.

Más de 40.000 colombianos

El 2021 fue el año con más muertes registradas en el cruce de ‘El Hueco’: se conocen al menos 650 casos, pero pueden ser muchos más.

A diferencia de los miles de africanos, haitianos, cubanos, chinos y gente de otras naciones que pasan por Colombia camino a Panamá, para seguir por más de 4.500 kilómetros hacia ‘El Hueco’, y también de los miles de guatemaltecos y hondureños que se van en caravanas enormes, la mayoría de colombianos que pretenden entrar ilegalmente a Estados Unidos llega por avión a México.

“Son una especie de ‘playa alta’ de la migración irregular”, dice un alto funcionario que maneja estos asuntos. Desde diciembre del 2012, los colombianos no necesitan visa para entrar a ese país.

Pero que no nos pidan visa no significa, ni de lejos, que el viaje sea fácil. Con una espera de dos años o más para una entrevista para lograr cita en la embajada en Bogotá e impulsados por el voz a voz de los que pudieron pasar la frontera, muchos colombianos deciden arriesgarse. En Facebook hay decenas de páginas que ofrecen el servicio.

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“Tengo cruze (sic) para los que van a pedir asilo a Estados Unidos. Serio y legal y que no te devuelvan de México”, dice una de esas ofertas. Muchas utilizan el gancho de ayudar a que las personas consigan trabajo en ese país, incluso con papeles falsos. En las mismas redes sociales también circulan alertas sobre estafadores y noticias de personas que mueren en la frontera.

A diario, las escenas que se comparten en esas redes sociales son dantescas. Fotos de cuerpos de niños, hombres y mujeres, y reportes de desapariciones y de historias de fallecidos se comparten. Facebook es la plataforma que más usan los migrantes ilegales y ‘coyotes’. Se ha convertido en una especie de red comunitaria para informar en tiempo casi que real sobre la situación en la frontera. Unos buscan de forma desesperada cruzar y reciben ofertas a través de mensajes directos de los traficantes; otros comparten imágenes de sus familiares y amigos para intentar saber de su rastro.
Eso le pasó el colombiano Jonathan Betancourt. Su familia se enteró de que había muerto luego de que alguien comentó una publicación con la foto de un cuerpo encontrado en inmediaciones de Ciudad Acuña. En los últimos días se conoció una fotografía similar de otra persona: se trata de una mujer con camiseta negra que se habría ahogado cerca del sector de Piedras Negras.

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También se comparten videos de cómo intentan cruzar grupos de migrantes. “Se van a ahogar”, se escucha mientras un grupo de cubanos trata de atravesar el río Bravo hasta Eagle Pass, en Texas. Y, en efecto, casi se ahogan. Lo evitaron las lanchas de las autoridades fronterizas que venían detrás de ellos.

En otro video, difundido el 2 de mayo, se ve cómo el locutor nicaragüense Calixto Rojas se ahogó en el río Bravo cuando intentaba cruzar a nado en inmediaciones de Piedras Negras. “¡Ayúdenlo, por favor, se está ahogando!”, dijo un amigo desesperado. Unas diez personas, incluidos jóvenes, mujeres y niños, estaban en la otra orilla. Ninguno pudo hacer nada. Después de unos segundos, su cuerpo se sumergió en las aguas.
Facebook también se ha convertido en una gran vitrina de ‘Se busca’. Familiares y amigos comparten imágenes, descripciones y detalles para tratar de ubicar a sus seres queridos que intentaron cruzar la frontera sur y que ahora no aparecen. Uno de los casos allí reportados fue el de José Juárez, un joven mexicano de 19 años. “La última vez que se comunicó fue el 10 de abril, cuando iniciaba su viaje al país del norte. Desde ese momento no hemos vuelto a saber algo. Es un buen muchacho, quería ayudar a su familia. Este viaje solo nos trajo tristeza y un dolor que no se calma con nada”, se lee en el mensaje.

Salvavidas improvisados

El viaje con todos los gastos desde Colombia puede costar 8.000 dólares (32 millones de pesos) por persona. En ese presupuesto entra el valor de un plan turístico a México, que es la fachada más usual. “En el último año está más duro entrar por el aeropuerto del DF” (el Distrito Federal), dice un colombiano que hizo el viaje. Por eso, muchos prefieren entrar por uno de los destinos más reconocidos en todo el mundo: Cancún.
Son más de 2.300 kilómetros más lejos de la frontera, pero representa mayores posibilidades de no terminar deportados sin siquiera haber pisado territorio mexicano. Incluso, los que tienen medios toman otro vuelo hacia Mexicali, una zona donde ni siquiera hay que preguntar por los servicios de los ‘coyotes’ y donde muchas autoridades no solo miran hacia el otro lado, sino que se lucran con la tragedia de los inmigrantes.

“Cuando salimos hacia la frontera a las 3 de la mañana nos pararon policías mexicanos, con uniformes y carros oficiales. Nos hicieron bajar del carro y nos desnudaron. Estaban buscando todo el dinero que lleváramos: yo alcancé a dejar una parte en el pañal de mi bebé de año y medio, porque ya nos habían advertido que nos requisarían en el camino. A nosotros nos quitaron 400 dólares y al conductor, que era un contacto del ‘coyote’, 600 dólares. Y aunque nos dejaron pasar, decían: ‘No es suficiente, necesitamos más’ ”. Eso es lo que recuerda, ya desde Nueva York, Milena, quien hizo el viaje a finales de abril pasado.

En 2021, según datos de la autoridad migratoria de ese país, México recibió casi 14 millones de extranjeros, la mayoría de Estados Unidos (10 millones). Los visitantes que llegaron de Suramérica fueron casi 1,5 millones. Casi uno de cada tres era colombiano: 454.880. Entre esa gran cantidad de turistas nacionales se camuflan los que no tienen planes de regresar.

Esa es una de las razones por las que México impuso el pasado 1.º de abril un prerregistro obligatorio a los colombianos en el que se deben acreditar, además de los tiquetes de ida y de regreso, la reserva de hotel e “información detallada sobre su itinerario durante su estadía”. Los malos tratos de algunas autoridades migratorias de ese país y decenas de inadmisiones de visitantes colombianos cada semana son parte de ese cuadro y han generado tensiones con el Gobierno de Bogotá.

Para evitar la deportación, no son pocos los connacionales que piden asilo apenas pisan México: esa cifra llegó a 1.275 casos el año pasado (apenas fueron 13 casos en el 2016), lejos de los 51.287 haitianos y 36.361 hondureños que hicieron lo mismo y que en su mayoría solo esperan ganar tiempo para seguir de largo, rumbo a la frontera norte.

También hay algunos colombianos que entran a México por tierra, a través de la frontera con Guatemala en el estado de Chiapas. “Son los que ya han sido deportados y no pueden llegar por avión porque de inmediato los pillan”, señala una fuente. En las calles de Tapachula, ciudad cercana a Guatemala, miles de extranjeros intentan conseguir un transporte hacia el norte, acosados por las autoridades migratorias.

“Lo que estamos viendo ahora es que hay flujos desmedidos y hay picos de personas en tránsito en todo el país que nunca habíamos registrado en México. Y esto se suma a que no hay preparación en las instituciones responsables, como el Instituto Nacional de Migración y la Comisión Mexicana de Ayuda a los Refugiados”, señala Manolo Préstamo, investigador migratorio y analista de la Universidad de las Américas Puebla.

Por Tapachula pasa La Bestia, el tren de carga que se ha convertido en el expreso de los ilegales que van hacia el norte. “Es un tren que cruza todo México y es muy icónico. Básicamente es un tren de carga porque lleva mercancía, y lo que hacen los migrantes es tratar de subirse como puedan al techo. Es muy peligroso”, sigue el académico.

El riesgo de viajar de polizón en un tren que recorre miles de kilómetros es la penosa entrada a una ruta que para muchas de esas personas terminará en tragedia: “Lamentablemente, muchos acaban desaparecidos o en manos de tráfico de personas o incluso secuestrados y luego van pidiendo rescate a sus familiares”, advierte.

Ya en el norte de México, dar con un ‘coyote’ confiable es cuestión de suerte. Les dicen ‘polleros’ porque llevan a sus ‘clientes’ literalmente así: como si fueran pollos. O ganado. Encerrados en camiones de carga a una temperatura que supera los 45 grados en la frontera, no pocos migrantes mueren por las altas temperaturas.

Uno de los pasos más usados es por Reynosa, estado de Tamaulipas, donde el temido cartel de ‘los Zetas’ cobra impuesto a los traficantes. Fue esa banda la que perpetró en el 2012 la masacre de 72 migrantes guatemaltecos. El año pasado hubo otra matanza, esta vez de 19 personas (16 migrantes y 3 ‘coyotes’): los responsables serían 12 miembros de la Policía Federal. Nuevo Laredo, también en Tamaulipas, y Mexicali, en Baja California, son las otras ciudades donde hacen escala los ilegales.

En dos semanas, el 23 de mayo, cuando termine la vigencia del polémico Título 42 —que fue usado por el gobierno de Trump para deportar sin ningún tipo de control judicial a los inmigrantes ilegales, con la excusa de la pandemia—, el gobierno de Biden tendrá que lidiar con una nueva papa caliente. Con la expectativa de que, aunque los detengan, tendrán al menos el chance de pedir el refugio —y también de volarse mientras llega la fecha de la audiencia—, miles de personas esperan, algunas desde hace meses, en la frontera sur. Muchas de ellas vienen de Colombia.

La ONG Human Rights First habla de al menos 10.250 reportes de asesinatos, violaciones, torturas y otros violentos ataques contra los migrantes bloqueados en la frontera desde que empezó el gobierno Biden (enero del 2021). La mayoría de las víctimas son mujeres, niños y miembros de población LGBTI.
‘El Hueco’ se pasa de todas las maneras posibles, todas potencialmente mortales. En el lado mexicano del muro se pueden ver escaleras de madera, como las que usan los pintores. La muerte de Juan Carlos Rivera es ejemplo del riesgo al que se exponen quienes optan por ‘la trepa’, como le dicen a esa modalidad los habitantes de frontera.
Si la ruta es cruzando el río Bravo, los ‘coyotes’ usan algunas veces pequeñas balsas inflables que siempre pasan atestadas de personas, pero es más común que se aparezcan con neumáticos viejos, algunos llenos de parches: no soltarse y aguantar los 50 metros de una orilla a la otra es una instrucción de vida. En todo caso, hay que apurarse: el tiempo que se tiene es el que tarda en volver la lancha de la patrulla fronteriza que recorre el caudal las 24 horas del día.

Así es ese paso, en palabras de Andrés, una de las fuentes consultadas por EL TIEMPO: “Nos quitamos la ropa que teníamos puesta y la metimos en unas bolsas negras, para evitar que se mojara. Una vez el tiempo de la lancha se tuvo medido, nos cruzaron uno por uno; la persona se hace en la mitad del neumático y a los dos lados van los ‘coyotes’, también agarrados del neumático”. El cruce del río, que se cobra vidas como la de Jonathan Betancourt, les dio a los inmigrantes el despectivo apodo con el que los conocen en Estados Unidos: ‘los mojados’.

Si se está de suerte y no aparece ‘la Migra’ o algún dron de vigilancia, lo que sigue son horas y horas de caminar por el desierto, casi siempre de noche para evitar ser descubiertos y, sobre todo, por el sol que puede llevar la temperatura por encima de los 40 grados. María cuenta que la asustaron las serpientes que vio en el desierto, pero que lo que más padeció fueron los mosquitos que se ensañaron con ella desde el primer momento.

Los ‘coyotes’ mexicanos tienen sus socios norteamericanos —‘güeros’: típicos estadounidenses rubios y de ojos azules— al otro lado. Cuando se llega a pueblos como Mcallen, en Texas, para avanzar hay que hacer el resto del pago, usualmente a través de giros que son retirados por un miembro de la red. Hecha esa vuelta, aparecerá en su carro un típico gringo para recoger su ‘paquete’ y llevarlo a ciudades como Houston, donde ya todos corren por su cuenta.

¿Qué sigue para los ‘afortunados’ que alcanzan a llegar a Estados Unidos? Se calcula que el 18 por ciento de migrantes ilegales logra burlar a las autoridades, según la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CPB, por sus siglas en inglés). Es decir, por los 40.000 detenidos habría unos 8.000 colombianos que lograron pasar sin ser descubiertos. Ellos, como millones de compatriotas que se fueron desde los 60 y 70, terminarán en destinos como la Florida, Nueva York, Nueva Jersey y otros estados de la costa este. O a donde se estén abriendo posibilidades de trabajo lejos del control oficial.

Para los que terminan detenidos, que son la mayoría, lo que esperaban fuera el inicio de una nueva vida en realidad es el comienzo de un drama que puede terminar en deportación inmediata o largos meses de arresto en centros de detención cuyos niveles de hacinamiento son comparables a los de una cárcel en Colombia. Y, en el mejor de los casos, la interminable espera para que se resuelvan favorablemente sus solicitudes de asilo.

Para muchos, el ‘sueño americano’ está rodeado de pesadillas.
Y de muerte.

Migrantes que cruzaron ‘El Hueco’Cruzar tres veces

Andrés es uno de los pocos colombianos que han cruzado ‘El Hueco’ tres veces en su vida: dos por el río Bravo y una por el muro. Problemas personales lo motivaron a hacerlo. Se convirtió en ‘mojado’, sufrió heridas físicas y temporales, y otras que no se ven, pero quedaron grabadas para siempre. Puso su vida en manos de terceros, creyó haber sido secuestrado, perdió a su familia y su libertad. Se vio cara a cara con las rejas. Sin embargo, luego de arriesgar su vida, decidió volver a Colombia.

Llegar a Nueva york

Dos semanas de completa incertidumbre vivieron Milena, de 22 años, su esposo y su hijo de año y medio, quienes viajaron la primera semana de abril rumbo a Nueva York buscando nuevas oportunidades. Pagaron a un ‘coyote’ dos millones de pesos por cada uno para lograr pasar la frontera. En Mexicali fueron obligados a pagar otro millón y medio de pesos a las autoridades mexicanas para supuestamente no deportarlos. Lograron cruzar y ahora buscan que se les concedan un asilo.

Pedir asilo, algo común

Una colombiana llegó a Cancún y luego tomó un vuelo a Mexicali, pero la pararon en el aeropuerto. La retuvieron y la mandaron hasta la frontera con Guatemala. Allí conoció a otros colombianos y volvieron a la frontera con Estados Unidos. “Se metió por ‘El Hueco’. Estuvo dos días en un centro de detención. Pidió asilo y dio los datos de donde se iba a quedar, algo que suelen solicitar las autoridades. La enviaron a una ciudad en Texas”, asegura una persona conocida que trabaja con ella.

Pasar, sin importar el costo

La idea comercial del ‘sueño americano’ ha hecho que el negocio detrás se mantenga. EL TIEMPO conoció varios casos de colombianos que han entrado a través de varias modalidades. La más común: atravesar la frontera y pedir asilo. “Me pasé con un contacto de una tía lejana. A mí me cobraron 2.500 dólares por la ‘pasada’ como tal y el taxi hasta la frontera, pero esa forma se cayó”, relata una fuente. “A mí me tocó pasar la frontera y desde ahí caminar. Después nos metieron a un casino y ahí me recogió un carro. No tenías que pasar por Migración ni nada. Ya sabían quiénes eran los que conducían”, cuenta.

Esta modalidad, según asegura la persona, ya no es tan accesible. “Ahora cobran 1.000 dólares para pasar y entregarse a Migración”, señala. “Debes ser consciente de que te pueden retener una, dos semanas, un mes o más. Los ‘coyotes’ les insisten que digan que los van a matar o que los están persiguiendo para comenzar el proceso de asilo”, asegura otra fuente que conoce de cerca las historias de varios colombianos.

Otro caso conocido es el de un joven que no pagó ‘coyote’, llegó hasta Tijuana y prefirió preguntar cómo era que se cruzaba la frontera. “Se entregó a la Policía y estuvo 45 días en la cárcel. Lo soltaron. Ahora está en este país”, cuenta una persona cercana.

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