El mundo a la deriva bajo la sombra del nuevo revisionismo

El mundo a la deriva bajo la sombra del nuevo revisionismo

Conocemos el revisionismo como el estudio crítico de los hechos históricos para su posterior reinterpretación. El concepto ha tenido al menos dos aproximaciones. Una, surgida desde el interior de las ideas marxistas que se maneja con un acento desdeñoso y peyorativo, que alude alas revisiones de la doctrina como abandono del canon, incluso como traición. Otra, como un conjunto posmarxista de expresiones, que se adapta desde la teoría política a las características actuales de un país y de la evolución socioeconómica.

Uno de sus pioneros, Eduard Bernstein (1850-1932), político alemán de origen judío, interpeló la visión unilateral del mundo y de la sociedad propia de socialistas radicales, reconoció la lucha entre clases más también las fricciones intraclases, afirmó que las predicciones del marxismo no se cumplían al pie de la letra, las leyes sociales habían empezado a tomar forma y, por tanto, los cambios conducían a una revisión de la doctrina clásica y su pregón sobre la condición auto destructiva del desarrollo del capital. En aquella fase de la historia los bolcheviques impusieron su visión y los reformistas fueron derrotados.

Desde 1903, cuando se suscitaron estos álgidos debates, hasta bien entrado el siglo XX, la socialdemocracia a escala global y los partidos comunistas de corte ortodoxo discutieron intensamente en el escenario internacional. Cada tendencia argumentó mostrando los fracasos del unipartidismo por un lado, mas también los reveses del enfoque transicional. Cada vez que fueron derrotadas las tendencias reformistas por las dictaduras, los radicales encontraron formas validadoras de sus proclamas; cada vez que la verticalidad de la ortodoxia causó estragos como en la colectivización forzada en Ucrania que precipitó la tragedia conocida como Holodomor (hambruna), los reformistas insistieron en la viabilidad de transiciones no violentas.

Fue en 1974 cuando el SPD (la social democracia alemana liderada por Willy Brandt) abandonó el marxismo buscando frenar el auge de la economía social de mercado diseñada por Ludwig Erhard y Konrad Adenauer. La nueva socialdemocracia cobró mayor entidad al promover una solidaridad mutua no incompatible con la economía de mercado y la propiedad privada, un sistema aun más compensado que el de sus opositores de la doctrina social de la iglesia, la solidaridad y la subsidiariedad.

Aunque abundaron las prendas de victoria y derrota para las escuelas ortodoxa y revisionista, la segunda mitad del siglo XX mostró que las dos visiones estaban perdiendo correlación con el sentido de la historia. El vértigo de la ciencia y la tecnología y su influjo en la vida social empezaron a marcar desfases respecto a las elaboraciones de la ciencia política en la dupla entre el capitalismo industrial y el socialismo real.

La segunda mitad del siglo XX fue tan febril como la primera: presenciamos la derrota norteamericana en Vietnam, la revolución cultural en China, los magnicidios de India, las reconstrucciones alemana y japonesa, la consolidación de la Unión Europea, el ascenso y la declinación del bloque socialista, la modernización de China y la desintegración soviética, la caída del muro y la crisis del socialismo real. Nos correspondió marchar pari passu con las sucesivas transformaciones tecnológicas fuertemente incidentes en las formas de vida y aprender un segundo idioma. Nuestra manera de existir se ha rediseñado una y otra vez y el control natal alteró los conceptos de familia y las relaciones conyugales. La economía se transformó atendiendo al desarrollo de las energías y debimos asimilar los cambios en el transporte, la electrónica, las comunicaciones, la urbanización, la bioeconomía y la mundialización de la vida social.

A la par con los avances, fuimos testigos de ciclópeos desastres para la especie y el planeta. La crisis ambiental, el cambio climático, las migraciones compulsivas, las guerras, la concentración, la desigualdad, la depredación cultural y el consumismo, la contaminación y la fatiga psíquica. Nuestras utopías fueron arrasadas o hurtadas y deformadas hasta precipitarnos en la degradación de la política, el hartazgo y la postración idiocrática. Nuestra vida ha mejorado gracias a logros del desarrollo humano y al avance sociológico de las mujeres. No obstante, las problemáticas del racismo, el machismo, la trata de personas, el trabajo infantil, el narcotráfico, la expansión nuclear, el desplazamiento forzado y las guerras no ceden terreno. Y ahora confrontamos la dilución de nuestra propia individualidad en la compleja sociedad digital.

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Tanto el capitalismo industrial de viejo formato como el socialismo real pasaron a la bodega de la historia. A pesar de esto, el nuevo orden global quedó anclado en la retrotopía, esa añoranza casi elemental que consiste en rebuscar en el pretérito de la política y en su revisionismo de primera fase, las respuestas para edificar un conjunto doctrinal que intente soportar la evolución reciente y la prospectiva en el ámbito expandido y complejo de lo global. Ya no se trata de explicar la deformación social imperialista que vivió la Unión Soviética como forma revisionista del socialismo real hasta su propio derrumbe.

Narrativa neorrevisionista

Los actos neorrevisionistas de Putin consisten en fabricar una justificación para su pretendida reagrupación de lo que fue la URSS bajo un modelo de control político que asegure su influjo global y consolide el eje de poder euroasiático usando una narrativa revisionista apoyada en la tenaza energético-militar. Para ello, el discurso justificante brota de la pluma de Alexandr Dugin con sus formulaciones apoyadas en vertientes históricas y culturales que darían forma a la hipótesis de una Rusia imperial. El 5 de febrero, horas después de finalizar el encuentro entre Vladimir Putin y Xi Jinping, Dugin, el filósofo nacionalista ruso anunció el hundimiento del “liberalismo global y de la hegemonía occidental”, que estaría siendo derrotado por la alianza del “gran espacio chino y del proyecto euroasiático” dentro de lo algunos llaman la “guerra de civilizaciones”.

En China, esta tendencia corre por cuenta de Xi y su “pensamiento inapelable”. La mano dura aplicada en Hong Kong, el repoblamiento del Tíbet, la concentración de los uigures en “campamentos de reeducación” en la región de Sinkiang, la incidencia en el conflicto de Myanmar y la delineación de La franja y la ruta con base en los intereses expansivos, el endeudamiento inducido bajo condiciones leoninas en países adherentes, y muchas manifestaciones internas de restricción a las mínimas libertades son sustentadas con una narrativa neorrevisionista que ya no tiene referencia al dogma comunista ni a la síntesis entre sistemas propuesta por Deng Xiao, sino a una mezcla argumental que arranca desde planteamientos solidarios y compasivos de filosofía confuciana, pasando por episodios de la antología literaria clásica china, hasta llegar a los libros I y II de la Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides, para terminar justificando la guerra comercial y la emulación política de la versión 2.0 de la guerra fría, así como todas las maniobras de la feroz competencia entre los gigantes de las industrias de la información.

Desde la crisis de 2008, China pensó que su tiempo de espera había terminado, llenó su caja de herramientas de garrotes y cargó algunas zanahorias. Tuvo resultados, pero la imprecisa explicación para el origen y la difusión del covid ligada a la pretensión de una hegemonía manufacturera llevó al mundo a desconfiar y plantearse cómo reducir la dependencia de China.

El capitalismo industrial de viejo formato
y el socialismo real pasaron a la bodega de la historia. El nuevo orden global quedó anclado en la retrotropía

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Lo de Trump (America first) es un burdo intento del paleorrevisionismo que no ha logrado cosa distinta a la generalización de la desconfianza hacia los Estados Unidos. Esa nación también necesita una justificación para la incompetencia política de sus líderes.

La nación norteamericana, con la academia más consolidada del mundo, vive su democracia vacía, su propia idiocracia, su sistema de cascarón y desarraigo ético. El predominio del ‘tecnofideísmo’ (la tecnología lo resuelve todo) y del ‘cornucopeísmo’ (el capital logra todo), variantes de una narrativa neorrevisionista, no brinda los puntales que la filosofía política demanda para recuperar el terreno perdido.

La geopolítica del presente muestra todavía vectores en múltiples direcciones. Aunque vivimos un clima de guerra fría 2.0, tal realidad no caracteriza nítidamente un mundo bipolar, ni uno multipolar. Acaso un fangoso abrevadero de perplejidad e incertidumbre. Mientras Rusia aplica la política de tierra arrasada en Ucrania, por la cual pagará un alto costo estratégico, los países poderosos preferirían sacar la castaña del fuego por mano ajena. Mas en ese contexto, cuando el mundo más las necesita, las instituciones multilaterales no parecen funcionar.

Si bien es cierto que el centro de gravedad de la geopolítica se inclina hacia Asia, la desproporción de la agresión rusa ha roto el sistema de ecuaciones. El oeste, con Turquía a la cabeza, luce desconcertado aplicando un wait to see que no tiene término indefinido entre otras razones por la corrida alcista de precios fundamentales. India, presidiendo el Consejo de Seguridad, acude a la prudencia y observa que puede ganar terreno en la recomposición de cadenas globales. No obstante, vacila frente a las opciones de reencauche del no alineamiento, el perfilamiento de una diagonal desde Australia hasta Europa y su aproximación a Estados Unidos. Sin embargo, tiene aprendida la sentencia del Gita: “Incluso los sabios están confundidos acerca de qué es acción y qué es inacción”. India no pretende imponer, pero cualquier modelo fracasa en su territorio con 1.400 millones de seres que exploran todo el tiempo toda ruta para derrotar el sufrimiento.

La consolidación del escenario geopolítico global atraviesa por una fase de desorden. La pieza teatral asigna roles de importancia a los poderes neorrevisionistas y a los núcleos tradicionales del poder que tengan mayor longanimidad. Como nunca antes, aunque con perfiles tristemente reconocidos por la historia, los poderosos practican aproximaciones por conveniencia. Como lo dice el embajador e internacionalista indio P.S. Raghavan, “nos movemos hacia una bipolaridad con características multipolares, con una plantilla diferente”.

He leído durante los últimos 30 años variados epitafios escritos muchas veces para lápidas a ser colocadas sobre el féretro del capitalismo estadounidense, o sobre el catafalco del sistema político chino; también para esculpirlas sobre la tumba de la civilización europea, o en las sepulturas de las religiones mayores. Al cabo de los años, incluso en tiempos que corren, cuando la infomanía amenaza con liquidar la libertad individual, cabe preguntarnos si las variantes del capitalismo de estado o del socialismo de mercado no terminarán dando paso a formas de poder menos unipersonales en su ejercicio y menos unilaterales en su preceptiva, en las que una ciudadanía resistente a la brutalidad de la manipulación, por sofisticada que sea, construya sobre sus designios un capital ético, social y sostenible a los acordes de la moderación y del humanismo digital.

JUAN ALFREDO PINTO
Exembajador y escritor
Especial para EL TIEMPO