El Parlamento Europeo aprueba con gran división la taxonomía: la nuclear y el gas son ‘verdes’

El Parlamento Europeo aprueba con gran división la taxonomía: la nuclear y el gas son ‘verdes’

El Parlamento Europeo ha rechazado la objeción al acto delegado de la Comisión Europea para aprobar la llamada taxonomía verde, la propuesta para incluir el gas y la energía nuclear dentro de la lista de actividades económicas ambientalmente sostenibles. En una votación nominal, la objeción consiguió 278 votos, mientras que 328 diputados se posicionaron en contra de ésta. Hubo también 33 abstenciones. Entre los españoles, PP, Vox, la mayoría de Ciudadanos y el PNV se pronunciaron a favor de considerar ciertas inversiones en gas y nuclear como sostenibles, mientras que el PSOE, Unidas Podemos, JxCat, ERC y Bildu se posicionaron en contra de esta nueva clasificación.

Estrasburgo debía decidir si estas dos fuentes pueden tener la consideración de renovables precisamente como apoyo durante la transición hacia las que realmente lo son, que actualmente no pueden producir toda la electricidad que necesitan los países y las economías en su día a día. Y tenía que hacerlo en un contexto -geopolítico en general y gasístico en concreto- muy distinto al que había cuando Bruselas dio su visto bueno, el 2 de febrero de este año. Es decir, tres semanas antes de que Rusia invadiese Ucrania.

La taxonomía verde lo que busca es acelerar la descarbonización con el apoyo de fuentes que generen menores emisiones (el gas) o sin emisiones, pero que dejan residuos muy problemáticos (la nuclear). Los opositores condenan tanto los matices que hay que hacer para considerar limpias ambas fuentes como el freno que puede suponer para otras totalmente renovables, que optarán a menos ayudas e inversiones por competir con estas. Además, los objetivos marcados para 2030 y 2050 y las propias fechas límite que establece la Comisión (2030 para el gas y 2040 para la nuclear) también hacen que invertir ahora en estas tecnologías dé mucho menos tiempo para su amortización.

Tras la decisión de Bruselas, el Parlamento y el Consejo tenían hasta el 11 de julio para vetar esta propuesta, pero ahora sólo el Consejo podría bloquearla y no se espera que ocurra. En el caso del Parlamento, la propuesta debería haber sido retirada o modificada si la hubiese rechazado la mayoría absoluta (es decir, 353 diputados) del Parlamento Europeo con esta votación. En ella se votaba la objeción al acto delegado, así que posicionarse en contra significaba aceptar la taxonomía.

En los días previos había cierta incertidumbre en Estrasburgo. Se esperaba que hubiese un rechazo sustancial, pero que no se alcance la cifra de votos necesaria para que se materialice, como finalmente ocurrió. En los pasillos del Parlamento se barajaba incluso un mayor rechazo de ser secreto un voto, que, finalmente fue nominal, aunque hasta el último momento podría haber cambiado si lo hubiese solicitado una quinta parte de la cámara.

El martes se debatió la posibilidad y, de nuevo, hubo división de opiniones. Ya las habían adelantado las comisiones de Asuntos Económicos y Medioambiente el 14 de junio, cuando votaron en contra de la propuesta. En total, 76 eurodiputados mostraron su rechazo a ponerle la etiqueta verde al gas y la nuclear. No se trata de un voto vinculante, en cualquier caso, y es relativamente normal que haya oposición. De hecho, ocurrió algo parecido en Bruselas, donde la Plataforma de Finanzas Sostenibles, un grupo de expertos que asesora a la Comisión Europea, publicó un informe en contra de la taxonomía antes de su aprobación.

Mairead McGuinness, comisaria europea de Estabilidad Financiera, Servicios Financieros y Unión de los Mercados de Capitales, defendió un acto delegado que considera «realista y pragmático». No todos los eurodiputados coincidieron con ella, desde luego. La demócrata italiana Simona Bonafé, por ejemplo, fue dura al explicar que la normativa «envía un mensaje equivocado a los ciudadanos europeos» al etiquetar como verde lo que no es: «Sabemos el papel que tendrán para garantizar la transición ecológica, pero aquí no estamos hablando del mix, sino de la taxonomía». Es decir, podrían seguir recibiendo financiación privada.

Verdes e izquierda, en general, también tuvieron mensajes combativos, como la vicepresidenta del grupo de la izquierda, Sira Rego, que comparó votar contra la objeción con votar en contra de la vacuna hace unos meses. Interpeló directamente a McGuinness, a quien acusó de que «exceden sus competencias para seguir beneficiando al oligopolio energético que sigue parasitando los intereses públicos». «Necesitamos reducir el consumo de combustibles fósiles, también del gas».

Incluso entre quienes apoyaron la taxonomía hubo matices y notas al pie. Argumentaban que es un parche, pero imprescindible, o acusaban a Alemania -una de las economías que más depende del gas- de ser la principal culpable de esta situación que deja a Europa con las manos atadas y sin más solución que oponerse a la objeción. Gilles Boyer, por ejemplo, explicó que adoptar el acto delegado «es la única forma de respetar los Acuerdos de París», mientras que Dita Charanzová, como otros diputados, recordó que en medio de una crisis energética es vital para muchos países acceder a fuentes de electricidad que, por sus circunstancias, no ofrecen las renovables.

Lo que ha cambiado en estos meses es el marco. A nivel energético, tanto las centrales de ciclo combinado de gas -capaces de producir energía prácticamente a demanda y de forma inmediata- como las nucleares -que cumple más la función de generación constante de fondo del carbón- siguen funcionando igual y siguen supliendo las mismas carencias de los sistemas de generación nacionales. Sin embargo, lo que ha cambiado mucho es cómo y de dónde se consigue el combustible que requieren para su funcionamiento, que en gran medida procede de Rusia. Renunciar al gas se ha convertido en un arma con la que golpear al Gobierno de Vladimir Putin, pero también él lo utiliza para castigar a sus enemigos al cerrar el grifo.

«Ha cambiado el contexto», resume en conversación con EL MUNDO el vicepresidente de Renew Europe y jefe de la delegación de Ciudadanos en el Parlamento Europeo, Luis Garicano. «No existe la inmaculada transición», apunta en referencia a su intervención en el debate y recuerda que «sabemos perfectamente que no hay almacenamiento y sabemos perfectamente que cuando no hay sol y no hay viento tenemos que usar otras energías de respaldo«. En este sentido, Garicano también detalla que la Agencia Internacional de Energía «está diciendo a los países que están cerrando la nuclear que no lo hagan» porque «el panorama ha cambiado mucho desde la invasión rusa y ahora mismo nos encontramos en una situación en la que realmente tenemos que utilizar todas las alternativas que existan».

Así, Europa trata de abandonar el gas ruso, pero para ello debe acudir a otros exportadores y no siempre es fácil. Hay alternativas, pero no inmediatas. Los gasoductos no se construyen de un día para otro, ni mucho menos, y pesa sobre ellos la misma duda que sobre la taxonomía: si merece la pena hacer el esfuerzo y la inversión para adoptar una solución que sólo será temporal. En este contexto, tampoco el GNL que llega por barco puede satisfacer las necesidades de una Alemania que no tiene capacidad de recibirlo a gran escala y depende tanto de que todo funcione exactamente como hasta ahora.

España, en cualquier caso, está en una posición bastante más privilegiada. Tiene los puertos, tiene gasoducto -aunque también depende de unas frágiles relaciones diplomáticas-, tiene la posibilidad de conectar a Europa con el combustible y, sobre todo, tiene más deberes hechos. Aún depende de gas y nuclear, pero en menor medida (el martes aportaron el 23,9% y el 19,8% del mix, ambos por debajo del 24,6% de la eólica) y sin que parezca que tenga que aumentar esta dependencia (tampoco la del carbón, la alternativa alemana) en el nuevo contexto.

El Gobierno se oponía a la taxonomía y lo cierto es que, a pesar de que hace unas semanas España alcanzó unos porcentajes de generación mediante gas no vistos en años, apenas recurre al combustible y menos aún al ruso, que ya antes de la guerra representaba en torno al 10% del total. Por lo tanto, la decisión de Europa podría definir el papel del país, incluso aunque sea con una taxonomía que rechaza.