El peso de la religión en la definición de las elecciones brasileñas

El peso de la religión en la definición de las elecciones brasileñas

Los brasileños están asustados por el odio y las noticias falsas, sembradas por el extremismo en lo religioso, social, político económico y territorial, y decidirán sobre el futuro del nuevo presidente en un clima de múltiples fracturas.

El nordeste del país, que territorialmente tiene un área superior a la de Colombia y agrupa a 10 estados, apoya al candidato de izquierda, el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, y el centro sur, más desarrollado, al actual presidente, de derecha, Jair Bolsonaro.

Las religiones en Brasil hicieron una peligrosa mezcla con la política: los evangélicos apoyan a Bolsonaro y los católicos, a Lula da Silva. “Es asustador si gana Lula o se reelige Bolsonaro”, la polarización en lo religioso es extrema, admite a EL TIEMPO el reconocido analista Mario Osava.

Bolsonaro aventajaba a Lula entre los evangélicos, con un 63 contra 31 por ciento, y Lula, a Bolsonaro entre los católicos, con 60 contra 34 por ciento, según el último sondeo del Instituto Inteligencia en Encuestas y Consultoría Estratégica (Ipec, por su sigla en portugués) divulgado en octubre.

El 53 por ciento de los electores brasileños declararon ser católicos y el 27 por ciento, evangélicos, lo que explicaría el triunfo de Lula en la primera vuelta por la presidencia de Brasil el pasado 2 de octubre, cuando obtuvo 48,43 por ciento de los votos válidos contra 43,2 por ciento de Bolsonaro. Eso significa que Lula cuenta con una ventaja de 6,18 millones de votos.

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Pero “el voto evangélico es cortejado en cada campaña por los candidatos de todos los partidos y sus diputados establecen alianzas y formas de bloqueo político para evitar leyes más liberales en torno al aborto o el matrimonio entre personas del mismo sexo”, según la revista latinoamericana Nueva Sociedad.

Eso, “mientras que las iglesias y los pastores avanzan en diversos terrenos: en lo político, negocios, comunicaciones, y se consolidan como una poderosa fuerza sociopolítica”, afirma.

Aunque Brasil continúa siendo el país católico más grande del planeta, los evangélicos avanzan con fuerza y se estima que las dos religiones tendrán la misma cantidad de fieles en 2030, según la misma publicación.

Pero demógrafos proyectan que por el actual crecimiento y avance de los evangélicos en Brasil, que duplicaron sus fieles en los últimos 20 años, serán mayoritarios que los católicos antes de 2050.

La política del ‘todo vale’

Necesitamos una identidad religiosa. O somos evangélicos o somos católicos. 

Bolsonaro no solo ha tratado de penalizar legalmente las encuestadoras que se equivoquen en sus cálculos, también ha intentado jugar entre evangélicos y católicos. Trató de aprovechar multitudinarias manifestaciones católicas para ganar votos, pero fracasó al ser rechazado por el uso abusivo de la política y la religión.

“Necesitamos una identidad religiosa. O somos evangélicos o somos católicos”, dijo el arzobispo católico de Aparecida, Orlando Brandes, como reacción a la intención de Bolsonaro de participar en la peregrinación al Santuario de Nuestra Señora Aparecida, la patrona de Brasil, el pasado 12 de octubre.

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“María venció al dragón. Tenemos muchos dragones que ella derrotará: el del odio, la mentira, el desempleo, el hambre y la incredulidad”, agregó el arzobispo.

Bolsonaro se dice católico, pero se bautizó por el rito evangélico hace seis años en un acto de matiz político en el río Jordán, en Israel, celebrado por el pastor ultraconservador de la Asamblea de Dios y presidente del Partido Social Cristiano, Everaldo Pereira.

También son evangélicos sus tres hijos, dedicados a la política, y su esposa, Michell, pero analistas afirman que el presidente mantiene su ambigüedad religiosa solo por razones electorales.

Luis Santamaría, teólogo español y miembro de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas, afirmó en un reciente encuentro en la Casa de América que uno de cada cinco latinoamericanos es hoy feligrés de religiones diferentes a la católica y que fue en los años 60 del siglo XX cuando se dio un gran crecimiento de los evangélicos.

Las razones de ese desarrollo son, en su opinión, contextuales de cambio en lo social, político, económico y cultural y que se deben, también, a un intento popular de abandonar todas las herencias de las oligarquías y de la cultura religiosa católica.

Explica que algunos grupos evangélicos se dedicaron a un mercadeo muy fuerte y han creado partidos políticos, especialmente, en Brasil, donde la bancada evangélica es muy potente y, prácticamente, está influyendo en los destinos del país.

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Su avance en América Latina también se ha dado, entre otras cosas, porque predican bajo parámetros de una ideología básicamente capitalista, en la que los pobres no se conformen solo con salir de la pobreza, sino en ser mucho más productivos.

En su opinión, la presencia de los evangélicos en los parlamentos latinoamericanos “es uno de los acontecimientos más sorprendentes registrados en la región en los últimos tiempos”. “En América Latina hay un aumento del protestantismo en los 18 países que investigué”, afirma.

Hasta los años 80, sin prácticamente ninguna competencia religiosa, Brasil era el país católico más grande de América Latina, pero, según encuestas, en la actualidad un 25 por ciento de la población se declara evangélica, lo que ha transformado las relaciones de esos grupos con el poder.

Los evangélicos brasileños en la actualidad son capaces de elegir a sus propios candidatos al Congreso porque, además del poder religioso, también crecen en otros sectores.

No mezclar

Las encuestas sitúan a Lula como el favorito, pero por escaso margen

Foto:

EFE

No obstante, mezclar política y religión, más que peligroso, puede llegar a ser explosivo. “Los fanatismos nunca dejaron cosas buenas en la historia de América y del mundo. Se vio en la Edad Media con las cruzadas, y la historia se repitió de nuevo con Israel y Palestina o el Estado Islámico (Isis)”, admite un documento titulado ‘Política y religión’, difundido en la red hace siete años.

Esa mezcla viene incrementándose en América Latina desde la década de los 80, cuando el proceso de apertura democrática en la región “amplió y facilitó la entrada de nuevos actores políticos como consecuencia de la disminución en los costos de entrada al sistema de partidos”, dice en un libro también titulado Religión y política, que acaba de publicar la Misión de Observación Electoral (MOE).

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Eso se refiere al incremento de la presencia evangélica en toda la región. “Si bien los vínculos de algunas iglesias con partidos establecidos datan del siglo XIX, en especial con aquellos de ideología liberal como en los casos de Chile, Colombia y Perú, el cambio religioso promovió que el sentimiento de marginalidad y exclusión arraigado entre estas minorías fuera desplazado por la conciencia numérica y la necesidad de ser reconocidos como un actor con autoridad frente a los temas morales y religiosos”, afirma la MOE.

En los debates electorales de este año en Colombia, por ejemplo, también salió Dios a relucir como haciendo parte de un partido político. “Dios es de derecha”, escribió Margarita Rosa de Francisco en su cuenta en Twitter, a lo que el exsacerdote Alberto Linero respondió: “Usar a Dios para hacer que algunos voten por un partido político es una vieja y deplorable táctica que hoy debemos desenmascarar. Las coordenadas de Dios son otras”.

Al parecer hay una preocupación entre los sectores católicos en la pérdida de feligreses a raíz, sobre todo, del que parece un arrollador avance de los evangélicos. El año pasado, la Iglesia católica colombiana realizó un seminario dirigido a los jóvenes interesados en política y asuntos sociales para empezar a formar la nueva generación de católicos interesados en aportar en liderazgo y compromiso.

Pero otros investigadores consideran que los Estados y las iglesias deben permanecer en el campo que les corresponde. Los Estados, en ofrecer bienestar a los ciudadanos, y las religiones, en brindarles una propuesta de salvación trascendente.

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Más gasolina a la candela

En Brasil, las ideologías de izquierda y de derecha, mezcladas con las religiones, han partido el país por la mitad y los odios que generan esos extremismos asustan en la medida en que se aproxima el día de la decisión final a la presidencia, que será mañana.

“Brasil tendrá un territorio de izquierda o centro-izquierda, progresista en todo caso, y otro de extrema derecha. Bolsonaro dijo que la gente del nordeste vota por Lula porque es analfabeta, lo que reactivó un prejuicio que parecía casi borrado en Brasil contra los nordestinos. Si gana Lula, esa ola derechista contra el nordeste se intensificará mucho”, dice Osava.

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Jair Bolsonaro también ha vendido su imagen de apego a la selección para ganar votos populares.

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MAURO PIMENTEL / AFP

La región del nordeste de Brasil es una de las cinco que dividen el país, de acuerdo con el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística. Tiene la segunda población más grande y es equivalente a la de Italia. Posee también el segundo colegio electoral.

Osava sostiene: “No llegaremos a dividir el país porque en São Paulo, por ejemplo, la casi mitad de los electores votaron por Lula. Pero se acentuará el odio contra los nordestinos de parte de los bolsonaristas”.

Si se ve el actual mapa electoral de Brasil, es fácil detectar la división: el nordeste es rojo, de Lula, y el centro-sur, azul, de Bolsonaro, y eso calienta los ánimos de parte y parte.

Pero analistas sostienen que una eventual reelección de Bolsonaro no significaría un nuevo impulso al crecimiento de los evangélicos pues ya se detecta cansancio entre sus fieles por la desbordante politización de las iglesias.

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