El precio de la luz se descontrola: ya es 10 veces más caro que hace un año y los expertos avisan de que irá a peor

El precio de la luz se descontrola: ya es 10 veces más caro que hace un año y los expertos avisan de que irá a peor

Tal y como se esperaba, la guerra entre Rusia y Ucrania está teniendo un gran impacto en el precio de la energía, con gas, petróleo o gasolina disparados y una luz que ya cuesta 10 veces más de lo que costaba en marzo del año pasado. Este martes marca un nuevo récord y tendrá picos en los que el megavatio hora se pagará a 700 euros. Se espera que la situación continúe, al menos, mientras lo haga el conflicto bélico, ya que el gas sigue siendo clave para los sistemas energéticos europeos.

«Todo el sistema de energía de Europa es muy dependiente del gas», contextualiza Roberto Gómez, profesor de Empresa de la Universidad Europea de Valencia y experto en suministro energético. «La apuesta que hicieron Alemania y muchos otros países por apartar el carbón a costa del gas funcionó muy bien al principio porque el gas estaba barato, pero cuando paramos las centrales térmicas de carbón y nos apoyamos con fuerza en el gas ha sido cuando nos hemos dado cuenta de que somos completamente dependientes de él y que tenemos que pagar lo que nos pidan porque lo necesitamos», explica. «La tendencia no va a ser favorable para los consumidores», advierte.

De aquella dependencia, estos lodos que embarran la economía con precios de récord. En marzo de 2021 ya había una tendencia alcista -febrero fue un mes de precios muy bajos- y terminó con una media de 45,44 euros/MWh. El lunes 7 esta cifra ya se multiplicaba por 10 y la subida será aún mayor este martes, cuando se vuelven a pulverizar los récords con un nuevo máximo histórico: 544,98 euros por megavatio hora. La media de marzo de 2022 aún no llega a los 400 euros (de momento se queda en 366), pero mientras continúe la guerra el gas seguirá disparado y la electricidad irá de la mano.

De hecho, se da una paradoja tanto desde la Unión Europea como desde Rusia: la primera financia en cierto modo la guerra de Vladimir Putin con el pago del gas, pero condena la invasión y da apoyo armamentístico a Ucrania. Mientras, Rusia acepta sanciones y condenas sin cerrar el grifo de los combustibles. «Rusia guarda sus cartas, porque si estuviera muy enfadada diría que no vende el gas», apunta Gómez.

«Lo lógico hubiera sido que Alemania y los países nórdicos hubieran decidido no comprar gas e intentar suplirlo por otras fuentes, pero es que no tenemos otras fuentes», lamenta el experto. Traerlo en buque no sólo es muy caro, sino que requiere una infraestructura que no todos los países tienen (Alemania, a diferencia de España, carece de ella) y la energía hidroeléctrica no es una alternativa en plena sequía. El país germano recibe aproximadamente el 55% del gas que consume de Rusia. «Alemania está atrapada con el gas», resume el profesor.

Por lo tanto, la paralización de Nord Stream 2, el gasoducto que conecta Rusia con Alemania a través del báltico, es poco más que papel mojado mientras siga en funcionamiento Nord Stream 1. Se estima que los países de la UE pagan a Rusia 600 millones de euros cada día en importaciones de gas. El canciller alemán Olaf Scholz admitió ayer que Alemania no puede romper «de la noche a la mañana» sus vínculos energéticos con Rusia.

Esta dependencia del gas repercute en el precio por cómo está concebido el mercado energético, que funciona como una subasta inversa. Es decir, son los demandantes de energía quienes ponen sus necesidades en el mercado y después los productores ofrecen la electricidad que pueden generar al precio más bajo posible. Sin embargo, se paga el conjunto de la energía al precio más alto que haya entrado en la subasta. Es decir, aunque una renovable pueda ofrecer su energía casi regalada, la cobrará al precio más elevado del ‘pool’, que suele ser el del gas.

En tiempos en los que el mercado no está tan tensionado, la teoría es que esto fomenta la inversión en renovables, mucho más rentables. Pero el proceso es largo y cuenta con otro problema: no es posible almacenar energía de forma eficiente, así que cuando no hay viento o se hace de noche se frenan por completo las fuentes verdes más extendidas. La otra opción es la hidráulica, «pero hay escasez de agua y tenemos que gastarla con mucha mesura», apunta Gómez. «Podemos usarla esta semana y bajar los precios a lo bruto gastando el agua, pero dentro de dos semanas no tendríamos agua», lamenta. Si hay demanda que cubrir, sólo el gas puede evitar un apagón.

«A las 16.00 el sistema genera vía fotovoltaica unos seis gigavatios, un orden de magnitud parecido a lo que tenemos de nucleares», explica el profesor. Pero dos o tres horas después, cuando se va el sol, cae esta fuente y hay que buscar «una salida de auxilio»: «El sistema de respuesta rápida es el ciclo combinado, el gas, que es como una especie de motor de avión y es capaz de despegar en dos minutos«. Incluso aunque se decidiese volver al contaminante carbón, su centrales tienen el problema añadido de que no son inmediatas y requieren entre seis y ocho horas entre que se ponen en marcha y empiezan a producir energía.

Ni siquiera la primavera -más eficiente que el verano tanto para solar, que se ve perjudicada por las altas temperaturas estivales, como para la eólica- será la panacea. Puede aumentar su producción y dar un pequeño respiro, pero mientras no se pueda almacenar su energía, no habrá vuelta de hoja posible: el gas y la nuclear son lo más parecido a una alternativa verde hasta que se complete la transición. Y, de hecho, por eso la UE quiere darles esa taxonomía.

Hasta entonces, el mercado permanecerá tensionado, incluso también si finaliza el conflicto. Conviene recordar que ya durante el verano pasado la luz comenzó primero a acechar y después pulverizar récords que no se habían visto en casi dos décadas.

En opinión de Gómez, esto sólo cambiaría si se replantea el sistema de fijación de precios -algo «bastante laborioso»-, si se ralentiza la economía -con sus evidentes desventajas- o, tal vez, si se opta por una mayor transparencia que permita desplazar o aplazar consumos no necesarios. «El usuario no sabe si hay energía de sobra o falta, si está entrando un ciclo combinado o no; la demanda ahora mismo es una variable exógena y las fuentes acuden al auxilio del sistema para cubrirla», detalla. «Tenemos que utilizar las armas que tenemos: que son las renovables, que son intermitentes, los sistemas de almacenamiento, que son pequeños, y el gas».