La opinión de Ángel Ortiz: El inexplicable gol en el after

La opinión de Ángel Ortiz: El inexplicable gol en el after

Reconoce el madridismo tres modelos de temporadas: las de Copa de Europa, las de Liga y las de esperar a que llegue el verano. Una de las muchas cosas sin explicación en este club es que llegara a empacharse de las primeras. Sucedió en Kiev, cuando era una ciudad libre, y fue una celebración tibia por pura falta de ingenio. Las ligueras se prefieren postreras, de ganarlas en mayo, para que sepan un poco a hazaña europea. Y en verano el Madrid solo busca munición para ganar la Copa de Europa, que es la razón social de ese equipo que juega en la Castellana.

Convertido el ‘Haaland o Mbappé’ en el ‘estudias o trabajas’ del bar de la esquina, habrá que explicar que el Madrid ahora opta a ganar la Copa de Europa. Como habrá que explicar también que Mbappé, Neymar y Messi, que ya es el tipo acodado en la penumbra del final de la barra con siete balones de oro bajo el sayo, fueron doblegados por un croata y un francés que sumaban juntos 70 años. Pero lo primero será contarle a Mbappé cuando llegue en verano, emancipado al fin de un jeque que bajó al vestuario desquiciado por un poltergeist, que los hat tricks valdrán cuando vista de blanco y haya entonces un tipo que aquejado del tobillo, como un figurante, habilite su posición y rompa el fuera de juego.

No es ninguna genialidad que Eduardo Galeano vinculara el gol al orgasmo, pero sí lo es que ligara su placer a la escasez. Es decir, lo lógico es que dé tiempo a sentarse. Lo que nunca había celebrado el madridismo era un gol estando de after, de empalmada del anterior, arrasados todavía los salones y las tabernas por la turba de mamelucos que festejaban lo irracional. Porque no había dado tiempo aún a recolocar las sillas o a pasar la fregona por las cervezas derramadas cuando Benzemá metió el tercero en poco más de 15 minutos.

Hay una frase de Francesco Totti especialmente hermosa y descriptiva con la que narra el gol más importante de su carrera, el que logró en el Olímpico de Roma frente a la grada donde acudía el fútbol de niño. Era la jornada 38 y aclaraba el camino para el que fuera, a la postre, su único título de liga. «Fue una flecha de amor a la grada que frenó la red». Todos los goles de Benzemá tienen ese sabor.

Es redundante escribir que esto solo pasa en el Madrid. Sin embargo, lo más extraño de todo sucedió en algún momento antes del inexplicable gol en el after, cuando desapareció la silla de Álvaro Sobrón. Indignado ante una broma de mal gusto, levantó hasta las alfombras por ver si debajo estaba la banqueta hasta que alguien señaló la televisión. La tenía David Alaba y la levantaba eufórico. Una manera inexplicable de celebrar un gol que solo se explica por la borrachera de fútbol.