‘No creo que Rusia sea un actor serio en Latinoamérica’: Mark Feierstein

‘No creo que Rusia sea un actor serio en Latinoamérica’: Mark Feierstein

En enero del año pasado, cuando el presidente Joe Biden llegó a la Casa Blanca, lo hizo con una agenda que se enfocaba en el fin de las guerras estadounidenses en Oriente Medio, la contención de China, el cambio climático e iniciativas internas de corte liberal. Catorce meses después, no hay duda de que la invasión rusa en Ucrania ha cambiado los cálculos. 

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Pero, de acuerdo con el exasesor de Seguridad Nacional para el Hemisferio Occidental Mark Feierstein (durante la administración de Barack Obama), no como la mayoría cree. De hecho, según este exasesor, que ahora trabaja como consultor sénior para la firma Albright Stonebridge, la crisis ha terminado fortaleciendo la mano de Biden en dos temas que eran centrales en su discurso: la necesidad de promover fuentes de energía renovable, para no depender de países como Rusia, y la lucha existencial que –dice– existe entre la democracia y la autocracia a nivel mundial.

En entrevista con este diario, Feierstein, que trabajó algunos meses al comienzo de la era Biden como cabeza de USAID, ofrece su perspectiva con énfasis en América Latina y habla de cómo esto podría jugar en las próximas elecciones presidenciales en Colombia y el futuro de las relaciones bilaterales entre ambos países.

¿Qué tanto se va a alterar la política exterior de Estados Unidos con la guerra de Rusia en Ucrania? ¿Hay un giro de 180 grados, como dicen algunos?
En primer lugar, diría que el Gobierno en EE. UU. es un aparato muy grande y puede hacer muchas cosas a la vez. Hay retos a largo plazo en los que trabajan muchas agencias de manera continuada, como el cambio climático, navegar las relaciones y la competencia con China, y esas cosas no se detienen cuando sucede algo como la invasión rusa en Ucrania. Y diría que lo que ha hecho la invasión es subrayar muchos de los puntos que eran parte de la agenda del presidente y venía defendiendo de tiempo atrás.

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El enfoque en energía limpia y renovable es uno de ellos y se ve más importante que nunca. Biden también venía insistiendo en esta batalla entre la democracia y la autocracia que se libra a nivel mundial y también en EE. UU., y está invasión lo que hace es resaltar aún más ese reto. Por supuesto, la guerra desvía la atención, obliga a prestar más atención a la coyuntura; pero a la vez destaca, y le da la razón, en otros temas que eran parte de su agenda inicial.
 
Pero la seguridad de Europa no era central en la agenda de Biden al comenzar su mandato. De hecho, EE. UU. desde antes de su llegada al poder y especialmente en la era Trump se había retirado un poco del tablero internacional. Tanto que Trump llegó a la presidencia en 2016 con la idea de una América Primero, que sigue siendo hoy muy popular. ¿Hay estómago en EE. UU. para un rol en el planeta similar al que jugó tras la Segunda Guerra Mundial, cuando se convirtió en una especie de policía del mundo?
Desde el primer día, el enfoque de la actual administración ha sido precisamente reparar las alianzas que sufrieron bajo Trump, especialmente las europeas. Y este esfuerzo que hemos visto en las últimas semanas, este bloque de oposición de la comunidad internacional contra la invasión, deja muy claro por qué esas alianzas son importantes.

Ese trabajo que lleva haciendo desde hace más de un año está dando sus frutos, y la gente está entendiendo cuál es el valor de alianzas como la Otán. También creo se ha demostrado que aquellos que alegaban que no necesitábamos a Europa y que debíamos replegarnos estaban equivocados. Lo que América Primero hace es invitar a la agresión, como hemos visto en Ucrania. Lo que debe haber es un esfuerzo liderado por EE. UU. con sus aliados no solo para contener a Vladimir Putin, sino al autoritarismo a nivel mundial.

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Biden es quien es y lo ha sido durante 40 años, evolucionando con el tiempo. El enfoque de su campaña fue hacia una agenda liberal pero no extrema

Hace poco Biden presentó su presupuesto para el 2023 y muchos lo vieron como un giro hacia el centro, por su énfasis en defensa y combate al crimen, entre otras cosas, motivado probablemente por el conflicto en Ucrania y las realidades internas de cara a las elecciones legislativas de noviembre. ¿Usted lo ve así?
Biden es quien es y lo ha sido durante 40 años, evolucionando con el tiempo. El enfoque de su campaña fue hacia una agenda liberal pero no extrema, y eso se refleja en lo que ha tratado de hacer durante los meses que ha estado en el poder. No veo un giro de consideración en ese sentido. Obviamente, lo que hay es una realidad política que limita su margen de movimiento. En un Senado dividido 50 a 50 y con un senador demócrata que vota muchas veces con los republicanos, pues le ha tocado ajustar sus objetivos. Y hay temas muy reales como la invasión rusa, la inflación y el aumento de los precios de la gasolina, que obligan a barajar de nuevo.

Usted dice que la guerra en Ucrania ha mostrado la necesidad de avanzar hacia fuentes de energía renovable que hagan a Europa y a EE. UU. menos dependientes de Rusia. Pero a la vez, Biden parece estar coqueteando con la idea de acudir a otros regímenes autocráticos para suplir esa dependencia. ¿Cómo se compaginan ambas cosas?
La transición hacia energía limpia nunca iba a ser inmediata, aunque debería ser rápida y acelerarse, y en eso trabaja la administración. Pero Biden, ni nadie, anticipó que esto iba a suceder. Eso no era parte del plan. Ahora el petróleo y el gas ruso han salido del mercado mundial, los precios de la energía están disparados y la inflación está creciendo. Y por lo tanto hay una necesidad en el corto plazo de encontrar fuentes de energía. Que no tienen que ser nuevas, sino, por ejemplo, que países como Canadá o Arabia Saudita aumenten su producción, lo cual no es nuevo.

En otros períodos, cuando ha habido escasez EE. UU. ha acudido a la Opep para que aumenten la producción. Obviamente estamos en un momento particularmente crítico y las necesidades son más grandes. En el caso de Venezuela, creo que en cierto sentido la administración ha sido coherente en usar las sanciones como instrumento para lograr sus objetivos, y eso incluye liberar a los secuestrados y promover elecciones libres y justas.

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La invasión rusa ha elevado el tema del petróleo sin duda, por las necesidades que existen, y la administración parece indicar que está dispuesto a levantar las sanciones a la exportación si dan pasos concretos en esa dirección. A mi juicio, lo que ha hecho el régimen de Maduro (liberar a dos retenidos y anunciar su disposición a dialogar) no justifica levantarlas, pero hay otros pasos que se pueden tomar para continuar el proceso.

En el caso de Latinoamérica, hay dos premisas que circulan. La primera es que, si la región no era prioridad para EE. UU., ahora con Biden distraído con la guerra en Ucrania lo será aún menos. La segunda es que el conflicto podría desatar una nueva Guerra Fría con su capítulo regional y por lo tanto Washington prestará más atención a su patio trasero. ¿Usted con cuál se identifica más?
Tengo un problema con la primera de ellas y es que no es cierto que la región no sea importante. Que los titulares no apunten a eso no quiere decir que no haya un gran trabajo tras bambalinas. Las crisis hacen que las personas se enfoquen en ellas, pero los diplomáticos siguen con su trabajo diario, solo que no se les presta tanta atención. Yo estuve en la administración Obama y hubo momentos de crisis cuando el tema fue Latinoamérica, como en Haití (con el terremoto) o los migratorios, pero también se desarrolló una agenda a largo plazo que se ejecutó, y veremos lo propio cuando los presidentes se den cita para la Cumbre de las Américas en junio.¿Realmente no ve una especie de Guerra Fría en la que Rusia trata de hacerle contrapeso a EE. UU. en la región?

No creo que Rusia sea un actor serio en Latinoamérica. Creo que tiene algunos aliados, y eso preocupa, porque pueden fortalecer a algunos regímenes autoritarios en la región

No creo que Rusia sea un actor serio en Latinoamérica. Creo que tiene algunos aliados, y eso preocupa, porque pueden fortalecer a algunos regímenes autoritarios en la región. Pero Rusia no tiene los recursos o el poder blando (soft power) como para en realidad inmiscuirse en la región de manera seria. No se deben desestimar, eso sí, las amenazas que plantean, como la desinformación, la cercanía con Maduro y Ortega en Nicaragua; interferencia en elecciones, como el caso de Colombia, y frente a eso se debe estar vigilante y actuar en coordinación con nuestros aliados.

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En América Latina, como usted sabe, hay gobiernos que deambulan por el autoritarismo. Otros se mueven hacia la izquierda. ¿Cómo cree que será la interacción de ellos con un Biden que se mueve hacia el centro y un Partido Republicano que muy pronto puede recuperar el control del Congreso?
Los retos para la democracia no son solo en otros países del mundo, sino acá en EE. UU. El líder de uno de nuestros dos partidos trató de robarse las elecciones pasadas y más de 100 representantes a la Cámara de ese mismo partido trabajaron para lograrlo. Hay miles de personas en este país que siguen propagando la mentira de que las elecciones no fueron libres y justas, y eso es un problema serio. Los procesos democráticos responden a dinámicas internas, pero también requieren de apoyo internacional. EE. UU., hasta ahora, ha jugado un rol esencial. Pero cuando la democracia en EE. UU se debilita, con ataques a la prensa, al sistema electoral, a la independencia judicial, EE. UU. pierde su capacidad de influir y otros líderes antidemocráticos toman nota. Nuestra voz cuenta y está debilitada. Y eso es desafortunado.

Durante sus años en la Casa Blanca hubo un claro acercamiento con Cuba, que se frenó luego en los años de Trump, pero había revivido ahora con Biden. ¿Cree posible que eso continúe en vista de la crisis con Rusia y la fuerte oposición republicana a tratos con una dictadura cercana a Moscú?
El tema de Cuba siempre ha sido complejo por razones internas. Pero lo cierto es que los cubanos llevan seis décadas viviendo bajo ese yugo, sin libertades y pasando muchas necesidades, y nuestras políticas a lo largo de ese mismo período no han conducido a algo mejor ni han debilitado el régimen. Si realmente queremos fortalecer a la sociedad civil y al sector económico en Cuba, entonces hay que volver al modelo que defendió Obama. De hecho, en el contexto actual se justifica más. Lo que no queremos es empujar a Cuba hacia una relación más estrecha con el Kremlin, sino todo lo contrario.

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A lo largo de las últimas dos décadas, tanto republicanos como demócratas han mantenido buenas relaciones con los presidentes que han llegado al poder en Colombia. En este momento las encuestas las encabeza un líder de izquierda que se ha declarado admirador de Hugo Chávez y anti-Washington. ¿Cómo cambiarían las relaciones con EE. UU. en caso de una victoria de Gustavo Petro?
Si Petro gana las elecciones, y yo no creo que eso sea seguro, todo va a depender de cómo gobierne. Esto lo hemos visto antes. Aparece un líder de izquierda que provoca miedo, como un Humala o Castillo en Perú, pero las relaciones con EE. UU. no se dañan y terminan gobernando dentro de los marcos de la ley. Colombia es una democracia fuerte y van a existir límites judiciales, constitucionales y legislativos frente a lo que se puede hacer. La opinión pública también será muy importante. Colombia no es un país de izquierda radical y siempre ha tenido una aproximación moderada tanto en los temas internos como los internacionales. El que asuma el poder tendrá que enfrentar esas realidades y no tendrá un cheque en blanco para hacer lo que se le antoje.

SERGIO GÓMEZ MASERI
Corresponsal de EL TIEMPO
Washington

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