Olas independentistas, el fenómeno que pone en jaque al orden mundial

Olas independentistas, el fenómeno que pone en jaque al orden mundial

Donetsk y Lugansk, dos nombres que hasta febrero eran desconocidos para la mayoría del mundo, ahora son el epicentro de la tensión entre Rusia y Ucrania, dado que ambas regiones, a pesar de estar ubicadas en territorio ucraniano, cuentan con fuerzas prorrusas que defienden desde 2014 su independencia.

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Hasta febrero pasado, los territorios en disputa -agrupados en lo que se conoce como el Donbás- no contaban con ningún reconocimiento internacional por parte de ningún país miembro de Naciones Unidas.

Sin embargo, el 21 de ese mes, Putin firmó un decreto en el que le adjudicó la soberanía a las dos repúblicas populares, hecho que precedió la llamada Operación Militar Especial lanzada por el Kremlin sobre Ucrania el 24 de febrero, alegando la defensa de las repúblicas por un supuesto “genocidio” orquestado por Kiev sobre estos territorios ubicados en el este del país y que son claves para los intereses rusos que, justamente, en 2014 se anexionó de manera ilegal la península de Crimea.

Vladimir Putin en comparecencia ante el parlamento ruso.

Foto:

Alexandr Demyanchuk / SPUTNIK / AFP

En momentos en que la guerra parece virar hacia un recrudecimiento del conflicto por cuenta del envío de armas pesadas y de largo alcance de Occidente al gobierno del presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, y cuando ya deja más de 3.300 civiles muertos, 6,1 millones de refugiados y otros ocho millones de desplazados internos, según datos de la ONU; lo que ocurre en Ucrania vuelve a traer a la discusión mundial si los movimientos independentistas, sumados a fuerzas externas con basta capacidad como la rusa, ponen bajo amenaza a la geopolítica actual y la paz territorial.

Así como en Donetsk y Lugansk, las fuerzas prorrusas de la ciudad de Jersón anunciaron que solicitarán a Putin una anexión a la Federación Rusa. El territorio, ubicado al norte de Crimea, es considerado como la ‘única conquista’ que se puede atribuir el Kremlin durante la invasión.

Al respecto, el portavoz de Moscú, según informó AFP, aseguró que “corresponde a los habitantes de la región de Jersón si deben hacer un pedido” al presidente ruso. De manera correspondiente, el consejero presidencial de Zelenski dijo que, sin importar las ideas de secesión en el territorio, “el ejército ucraniano liberará” a la ciudad.

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Putin ha dicho que quien la quiera restaurar no tiene cerebro, dando a entender lo difícil que es regresar a esta formación estatal

Hablar de olas independentistas en el mundo no es algo nuevo. De hecho, si hay un fenómeno recurrente a lo largo de la historia de la humanidad moderna es el descontento social del pueblo sobre sus dirigentes. Sin embargo, en pleno siglo XXI algunas comunidades van más allá del reclamo y, conformados en movimientos, están decididos en lograr su independencia al no sentirse representados por el Estado.

Alrededor de las zonas de Europa oriental y del Cáucaso, próximas a Rusia, los movimientos del Donbás y del este de Ucrania no son los únicos que exigen autonomía. Después de 30 años de la disolución de la Unión Soviética (URSS), existe una insatisfacción general en algunas regiones acerca de la repartición territorial que comenzó en 1991 y desembocó en 15 nuevos Estados. Un ejemplo de ello es Georgia, país que cuenta con dos Estados de facto: Osetia del Sur y Abjasia, repúblicas que, como no cedieron su soberanía tras el colapso de la URSS, viven en un limbo jurídico desde entonces.

Martín Baña, docente de Historia de Rusia en la Universidad de Buenos Aires (UBA), explica que hubo “una desorientación administrativa” en la repartición de territorios luego de la Guerra Fría, que dio resultado en que muchas poblaciones no se sintieran representadas al país que fueron cedidas.

En el caso de Osetia del Sur y Abjasia, ambas cuentan con el reconocimiento de independencia de Rusia, pero son rechazadas por la Otán, que ha descalificado esa acreditación como una “violación directa” a lo dictado por las resoluciones de la ONU.

Un caso similar es el de Transnistria, territorio autodeclarado autónomo en Moldavia, que hace pocas semanas tuvo la atención mundial por su posible injerencia sobre el conflicto en Ucrania en su intento de desestabilizar aún más la guerra. En marzo, la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa (Pace, por sus siglas en inglés) declaró al territorio como una zona de Moldavia ocupada por Rusia.

Con el reconocimiento de las repúblicas en Georgia y Transnistria, Baña afirma que el Kremlin pretende mantener un área de influencia, reforzando una ideología imperial

“Sin embargo, es muy difícil que Rusia quiera reconstruir la Unión Soviética. Putin ha dicho que quien la quiera restaurar no tiene cerebro, dando a entender lo difícil que es regresar a esta formación estatal”, agrega el experto

¿Una ola mundial?

El este de Europa no es la única zona del continente que enfrenta estas olas independentistas. En Occidente, de hecho, los movimientos con estas aspiraciones han afectado a múltiples Estados conformados tras la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría.

España es uno de los referentes más cercanos. Al dividir sus regiones en comunidades autónomas, su política territorial ha dado paso a que se propaguen estas ideas en distintos territorios.

El ejemplo más claro es el movimiento separatista catalán, el cual vio su cúspide en octubre de 2017, mes en el que el Parlamento de Cataluña aprobó una declaración unilateral de independencia tras la victoria del sí en la autodeterminación de la comunidad con un 90 por ciento de los votos.

No obstante, tanto el referéndum como la firma de la ley fueron declaradas como inconstitucionales por el Tribunal Constitucional de España. Carlos Puigdemont, en ese entonces presidente de la Generalidad de Cataluña e impulsor de la autodeterminación de la región, fue retirado del cargo y ahora, exiliado en Bélgica, es buscado por rebelión.

Independentistas catalanes se manifiestan ante el Parlamento Europeo en la apertura de la legislatura contra su decisión de no reconocer como eurodiputados a Carles Puigdemont.

Foto:

Patrick Seeger / Efe

“En términos generales, los movimientos independentistas en Europa son frágiles dependiendo del marco normativo de los países. Algunas constituciones prevén la posibilidad de secesión, pero en España se prohíbe de manera expresa el independentismo”, aclara Mauricio Jaramillo, máster en Geopolítica de la Universidad de París.

El experto sostiene que el movimiento catalán no es, per se, uno deficiente, sino que, para que sus perspectivas se hagan realidad, necesita reformar la constitución española.

A pesar de este bloqueo normativo, en España las ideas independentistas son una constante y es por esa misma obstrucción que algunos grupos deciden tomar la vía de la violencia. Por ejemplo, el grupo terrorista ETA, en su origen, fue fundado como un movimiento independentista cuyo propósito era crear un Estado socialista en la región del País Vasco o Euskal Herria, motivado en la ideología del nacionalismo vasco.

En otros países de Europa occidental también se han conformado filosofías de autodeterminación, como en Italia, en las regiones de Véneto y Cerdeña; en Francia, en Bretaña y Córcega; en Bélgica, en Flandes y Valonia; y en Alemania, en la región de Baviera.

Primera ministra de Escocia, Nicola Sturgeon.

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AFP

De otro lado, el Brexit –proceso por el cual Reino Unido se separó de la Unión Europea-también expuso las grandes diferencias que hay en esta nación donde se reavivaron las conversaciones de independencia de Escocia, región que votó no a separarse del Estado en 2014, con una mayoría de solo 55,3 por ciento.

Pese a la derrota de hace ocho años, la primera ministra escocesa, Nicola Sturgeon, asegura que a finales de 2023 se realizará un nuevo plebiscito. Según dijo para el diario inglés The Guardian, la funcionaria no aplazará esta fecha por la guerra en Ucrania, aunque esta se extienda más de un año y signifique una desestabilización política para toda Europa.

“Contrario a lo que sucede en España, algunas constituciones británicas sí tienen en cuenta esta opción, como sucede con Escocia e Irlanda del Norte”, apunta Jaramillo.

El panorama en África, Asia y Oceanía no dista mucho del europeo. Disputas territoriales y movimientos secesionistas han impactado a ambos continentes en importantes magnitudes.

Las independencias africanas

El principio de autodeterminación de los pueblos choca contra el principio de integridad territorial, y el Estado siempre intenta mantener este último

En el continente africano, por ejemplo, se encuentra uno de los países más jóvenes del mundo: Sudán del Sur, el cual proclamó su independencia en 2011 tras una guerra civil entre las fuerzas militares de Sudán y el Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán, que duró 22 años y resultó en un acuerdo de paz que dio paso al referéndum de independencia de 2011.

De los casi cuatro millones de votantes, 98,83 por ciento votó sí, por lo que, en julio de 2011, Sudán del Sur se proclamó independiente e inició su periodo republicano.

Al respecto, Dagauh Komenan, historiador africano especializado en Relaciones Internacionales, resalta que las fronteras en el continente no fueron decididas por los mismos países, sino por Europa tras la descolonización en la década de los 60. Por tal motivo, “hubo muchos pueblos que no se sintieron representados por los Estados que se crearon”, lo que produce intentos en modificar la geopolítica.

“El principio de autodeterminación de los pueblos choca contra el principio de integridad territorial, y el Estado siempre intenta mantener este último. No conozco un solo caso en el continente en el que esta confrontación no se haya intentado resolver por la vía militar, aunque al final se hayan resuelto por referendos”, agrega Komenan.

Sin embargo, no todos los procesos son exitosos en su proyecto de independencia, como sucedió en los casos de Biafra y de Katanga. En el primer caso, la República de Biafra llegó a convertirse en un Estado independiente entre 1967 y 1970. Sin embargo, tras la guerra civil de Nigeria, las fuerzas biafreñas se rindieron y se anexionaron finalmente al país en África Occidental.

Katanga, a su vez, proclamó su autonomía tras la independencia de la República Democrática del Congo, en 1960. Al igual que ocurrió con Biafra, la región alcanzó una relativa separación, pero en 1963 fue derrocado el presidente Moisés Tshombe, por lo que, desde entonces, se convirtió en una de las 11 provincias del Estado centroafricano.

Movimientos secesionistas asiáticos

En Asia y Oceanía también se han dado distintos movimientos independistas con éxito. El más reciente es el de Bougainville, una región autónoma de Papúa Nueva Guinea, la cual votó en un referendo en 2019 para independizarse. De los cerca de 300.000 habitantes, más del 90 por ciento votó de manera afirmativa.

Los comicios fueron precedidos por una guerra civil entre las milicias de ambos territorios, que se convirtió en uno de los conflictos más mortales del continente oceánico. Luego de un acuerdo de paz, mediado por Australia en 1997, se acordó que se daría el paso a la independencia de la isla.

Se espera que Bougainville formalice su independencia antes de 2027, que lo convertirá en el país más joven del mundo. Ishmael Toroama, elegido en 2020, sería el primer presidente del nuevo Estado, el cual podría cambiar de nombre una vez autónomo.

En China existen múltiples movimientos independentistas, entre los que destacan el de Hong Kong, Turquestán Oriental y Taiwán. Debido al avance de este último, pues mantiene relaciones diplomáticas con 14 Estados miembro de la ONU, el Congreso de China adoptó en 2005 una ley antisecesionista para regular el uso de la fuerza en caso de una declaración de independencia de Taiwán, lo que provocó rechazo en la isla al ser aprobada únicamente por los representantes continentales.

Celebraciones del Día Nacional en las calles en Taipei, Taiwán.

Foto:

AFP

América, un continente con relativa paz

Por último, el escenario en América parece ser uno de los más moderados en este aspecto, pues, a pesar de que existen este tipo de movimientos, no han tenido la misma fuerza como en los otros continentes.

No obstante, hay algunos casos que destacan como el ‘Texit’, concepto que tomó revuelo en Estados Unidos tras el brexit gracias al Movimiento Nacionalista de Texas, el cual busca la independencia del Estado, que llegó a ser un país por nueve años entre 1836 y 1845.

A finales del año pasado, el senador republicano Ted Cruz se refirió al tema y afirmó que, si Washington toma decisiones como “federalizar las elecciones”, podría llegar a un considerarse una secesión.

Más al norte, en Canadá, la ideología independista más fuerte la lidera Quebec. No obstante, en dos ocasiones, en 1980 y 1995, por un corto margen, la población de la provincia votó en contra de autorizar una plena soberanía. En el referendo más reciente la diferencia fue de menos de uno por ciento.

Posibles soluciones

Con esta radiografía general, cabe cuestionarse qué pueden hacer los países para frenar este tipo de movimientos que provocan, en últimas, una desestabilización política y que, en muchos casos, puede llegar a traducirse en una guerra civil o en una considerable polarización interna.

“El independentismo no significa, en sí, un riesgo. Esto sucede únicamente cuando se recurre a la violencia. Hay movimientos en todo el mundo, como en Europa Occidental, como en África Subsahariana, y en el Medio Oriente. Todas sus intensidades son asimétricas”, sostiene Jaramillo.

En el caso particular de África, una de las soluciones que encontró el continente para frenar estas olas secesionistas, y que podría aplicarse en todo el mundo, según Komenan, es la conformación de repúblicas federales.

“Lo mejor que se puede hacer es pasar de un Estado centralizado a un Estado federal, así se permite a las regiones a tener algo de autonomía, en vez de que estas busquen una independencia”, anota.

Un país se convierte en un país, no tanto por su autodeterminación o su declaración de independencia, sino por el reconocimiento de la comunidad internacional que le otorga esa entidad

Por otro lado, Martín Baña asegura que para que un territorio pueda considerarse independiente necesita, principalmente, un reconocimiento mundial. Al no contar con este estatus generalizado, hay dificultades en su funcionamiento y en su diplomacia, fundamental para su conservación en el tiempo.

“Un país se convierte en un país, no tanto por su autodeterminación o su declaración de independencia, sino por el reconocimiento de la comunidad internacional que le otorga esa entidad”, concluye.

Y ante lo sucedido entre Rusia y Ucrania, que puso de manifiesto las grandes rupturas que aún existen entre diversos países con respecto a sus fronteras nacionales y extranjeras, lo que queda claro es que en el ordenamiento geopolítico actual existe un rechazo mayoritario a los movimientos independentistas, no solo por la alteración doméstica que provocan, sino porque podrían convertirse en un enemigo en común.

DIEGO STACEY SALAZAR
REDACCIÓN INTERNACIONAL
EL TIEMPO
En Twitter: @diego_stacey

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