‘Ortega está usurpando todo el legado de la Revolución sandinista’

‘Ortega está usurpando todo el legado de la Revolución sandinista’

En mayo pasado, partió desde Nicaragua hacia los Estados Unidos para visitar a sus hijas. Tenía una valija con ropa de verano y un pasaje de regreso con fecha del 22 de junio, pero Gioconda Belli (Managua, 1948) nunca regresó a su hogar. Cuando estaba en Los Angeles, el presidente Daniel Ortega comenzó una razia contra las voces opositoras más destacadas de su régimen, entre las que se encuentra la de la escritora. La casa de su hermano fue allanada de modo brutal por diez hombres encapuchados y su sobrina sufrió agresiones. Belli decidió no volver a Nicaragua y permaneció un tiempo en la casa de su hija menor hasta que decidió instalarse junto con su marido en Madrid.

Este es el segundo exilio de la escritora, quien fue miembro del Frente Sandinista de la Liberación Nacional y tras años de servicio a la causa, durante la dictadura de Augusto Somoza, debió abandonar su país hasta que la revolución triunfó en 1979. Belli, como su amigo y compatriota Sergio Ramírez, integró el gobierno liderado por Ortega hasta que el afán de este líder de perpetuarse en el poder y su radicalización produjeron, primero, desencanto, y luego la disidencia y la crítica audaz. Ortega triunfó en unos comicios muy cuestionados en noviembre de 2021 tras apresar a todos los líderes opositores.

Belli está radicada en España en la actualidad, donde recibe invitaciones a diversos eventos literarios y homenajes. Casa de América le dedicó en Madrid un ciclo de una semana para analizar su obra, sus ideas y recorrer su vida. Mario Vargas Llosa la convocó a Escribidores, el festival que no lleva el nombre del Premio Nobel, pero sí su espíritu, un encuentro que tuvo una auspiciosa primera edición, en Málaga.
Además, el recientemente electo presidente de Chile –Gabriel Boric– la invitó a su toma de posesión.

Novelista, poeta y feminista, en El país bajo mi piel: memorias de amor y guerra Belli recorre su historia política como guerrillera, primero, y como funcionaria después. Aquí relata, en un vertiginoso capítulo, el número 41, su primer viaje a La Habana, en 1978, donde tuvo un encuentro que define como “extraño” con Fidel Castro.

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El intento de seducción, el machismo, su retórica, su manipulación y el temperamento del Comandante están narrados a través de la mirada de una autora que rompió siempre con los corsés y los prejuicios de la sociedad. Su primer libro, Sobre la grama (1972), construido con versos eróticos, generó gran revuelo tras su publicación.

Ganadora del premio Casa de las Américas (por los poemas de Línea de fuego) y del Premio Biblioteca Breve de Novela (por El infinito en la palma de la mano), en el poema No me arrepiento de nada escribe: “Me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable, / que se enamora como alma en pena de causas justas, hombres hermosos, / y palabras juguetonas”.

¿Cómo interpretó la invitación de Gabriel Boric para asistir a la toma de posesión de gobierno?

De dos maneras. Primero, fue muy importante que él nos invitara a Sergio Ramírez y a mí, dando la señal de que lo principal de su gobierno va a ser el respeto por los derechos humanos; no importa de qué régimen, si es de izquierda o derecha. Lo dijo también en su discurso. Obviamente, Nicaragua ha dado muestras muy claras de que no respeta los derechos humanos y creo que no hubo una invitación oficial al presidente y a la vicepresidenta (Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo). Pero sí nos invitó Boric, con una carta muy afectuosa, a Sergio y a mí, a cada uno por separado. Entonces, lo interpreto como un espaldarazo a la cultura nicaragüense. Segundo, creo que también Boric busca desmarcarse de la política atroz que está llevando Ortega en mi país, no solo en relación con su propio pueblo, sino también en relación con la comunidad internacional. Expulsó al Nuncio y a la embajadora de España, solo por nombrar dos ejemplos.

¿Siente que los gobiernos de América Latina no han sido firmes en su condena a Ortega o que su repudio al régimen ha sido ambiguo? ¿Cómo evalúa el papel de la Argentina?

Siento que hay tibieza de parte de la Argentina y también de México. Pero no de parte de Colombia, que lo ha deplorado, o de Perú, Ecuador y Brasil.

¿El gobierno de Ortega y el de su esposa es un gobierno de izquierda?

Todo el mundo identifica el sandinismo con la izquierda, pero realmente yo pienso que Ortega es un tirano

Ortega está usurpando todo el legado de la Revolución sandinista, que era una revolución de izquierda. Obviamente, todo el mundo identifica el sandinismo con la izquierda, pero realmente yo pienso que Ortega es un tirano. Una persona que está tratando de pasar por alguien de izquierda, pero que realmente ha creado un sistema represivo. Desde la rebelión de abril de 2018 en Nicaragua, Ortega perdió su apoyo popular. Tan es así que pienso que él creyó que iba a perder las elecciones en 2021 y por eso no se atrevió a tener unas elecciones limpias y transparentes y encarceló a todos los candidatos electorales, los posibles y los reales. Por ejemplo, Cristiana Chamorro sí podría haber ganado las elecciones. Le hicieron una entrevista a su hermano (Pedro Joaquín Chamorro) en CNN y le preguntaron si él se lanzaría como candidato. Respondió que era un servidor público y si el partido se lo pidiera, lo haría. Esa misma tarde lo apresaron.

Pienso en otro líder que se ha perpetuado en el poder, como es el caso de Vladimir Putin. ¿Cómo interpreta este momento histórico?

Putin está realmente comportándose como un tirano, también avasallando un país. Lo que a mí más me preocupa de Putin es esa aspiración que existe en él de reconstruir la Unión Soviética y de volver a ser una potencia mundial. Me parece que es una política equivocada, imperialista, y realmente para nada de izquierda. Creo que ya no estamos hablando ni de izquierda ni derecha. Creo que hoy hay una izquierda reaccionaria que entiende la izquierda como una herramienta de dominación y que piensa que el fin justifica los medios. Ellos creen que tienen un fin noble y los medios no les importan si eso implica matar gente o doblegar a personas.

(Además: La historia de los colombianos que pelearon en la revolución Sandinista).

En América Latina todavía parecería ser que hay varios gobiernos y también un sector intelectual enamorado con esta izquierda a la que usted. ¿Por qué piensa que todavía existe, por ejemplo, esa añoranza hacia la idea de la revolución?

No lo puedo entender sinceramente, me parece una sinrazón ideológica. Creo que están confundidos. Lo vemos hoy en países como Cuba y Venezuela. Quieren ver una realidad que no existe y eso me parece que deja mucho que pensar de su verdadera convicción ideológica, porque en ninguno de esos países se han nacionalizado los medios de producción, por ejemplo, o tampoco son una izquierda marxista o leninista. Agarran del leninismo el concepto de vanguardia, el concepto de dictadura del proletariado, pero al mismo tiempo tienen una nomenclatura y una distribución del poder desigual, así como un discurso y una pretensión de una democracia formal que en realidad está totalmente vacía de contenido. Lo que han hecho es una mezcolanza como mejor les conviene. Y utilizan la legalidad burguesa para justificar las mayores atrocidades.

Hablando de contenido, ¿se ha adoctrinado, política o ideológicamente, en América Latina a través de la educación?

Creo que lo que pasa es que el pensamiento de izquierda, utópico, es decir, el que no estás viendo, es muy atractivo para la gente joven. Me acuerdo cómo me fascinó la idea de justicia social, que no hubiera clases y el sueño de la revolución. Mucha de esa gente que fue joven cuando yo lo fui todavía tiene el sueño de la Revolución sandinista. Están con Daniel Ortega y creen la historia del imperialismo. Se crean todo un corpus narrativo que les permite creer en esa ulterior bonanza, esa bondad casi mítica de una utopía socialista.

Conoció a Fidel Castro y vivió un confuso episodio con él, ambos a solas, una noche, en su despacho, luego de que la fuera a buscar a su hotel sin comunicarle el motivo. ¿Piensa que si tanta gente que lo idolatra lo hubiese conocido en persona sentiría todavía admiración hacia él?

Yo estaba deslumbrada, como toda esa generación, con la idea de la Revolución cubana, la gran revolución, que era bien épica, con la épica de los barbudos. Había algunos bien guapos, como el Che Guevara, como Camilo Cienfuegos, el mismo Fidel, que tenía esa figura; “el caballo”, le decían. Tuve un enamoramiento con la Revolución cubana, pero no con Fidel. Nunca se me ocurrió enamorarme de él, pero sí lo admiraba. Uno va evolucionado.En este incidente que tuve, cuando estuve con él a solas, pensé: “Este hombre está actuando mal. Está faltando a un principio revolucionario”. Quería que le brindara una información. Al final nunca supe si realmente lo que estaba haciendo era tratar de enamorarme o si realmente le interesaba saber lo que yo sabía. Hoy sí creo que era un hombre que estaba usando su poder para tratar de sacarme una información que yo supuestamente no debía decir. Me da mucha tristeza lo que ha pasado con la Revolución cubana y también me da mucha rabia cómo han podido usar todo ese lenguaje patriótico para dominar a la gente.

Usted viene de la izquierda. ¿Padeció un ‘choque’ o cierta incomodidad cuando se mudó a Estados Unidos?

Me mudé primero a la Costa Este. Y no podía dejar de pensar que la persona sentada al lado mío en un café podía haber sido responsable de la política agresiva de Reagan hacia Nicaragua. Me sentí sola, extraña. Como en todas partes, lo que salva a los países es la gente buena que existe en todos ellos y uno se da cuenta de que en lugares como Estados Unidos la política a menudo es un asunto de minorías. Llegué a respetar la idea democrática que subyace en la organización de ese país; el hecho de que sea el hogar de una enorme variedad de nacionalidades, idiomas, colores, acomodándose unos con otros gracias a un sistema que respeta, teóricamente al menos, la disidencia, el pensamiento diferente, la libertad individual. Eso es muy difícil en todas partes y en Estados Unidos se logra cuando hay suficiente gente dispuesta a reclamarlo.

LAURA VENTURA
LA NACION (ARGENTINA) – GDA

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