Ser rico y poderoso también exige responsabilidades

Ser rico y poderoso también exige responsabilidades

«El ejercicio del poder exige ciertas renuncias». La frase es de una película perfectamente olvidable,Eldorado, de Carlos Saura, de 1987, pero por alguna razón se me ha quedado grabada en la cabeza. Pero estos días, con la invasión de Ucrania, es una idea que habría que repensar. O, acaso, una versión ligeramente alterada: el ejercicio de la riqueza exige ciertas renuncias.

La cuestión es que el mundo desarrollado y, en especial la Unión Europea se ha encontrado con un problema simple pero insoluble: si quiere frenar a Rusia, tiene que pagar por ello. Y eso es algo que no estamos dispuestos a hacer. Europa es rica. Quiere seguir siéndolo. Pero no quiere ser poderosa. Ningún país representa mejor esa situación que Alemania, que arrasó Ucrania en 1941, que es la nación por la que se creó la OTAN, pero que ahora no quiere apoyar al país que ha invadido Vladimir Putin. El problema que Berlín no quiere ver es la geografía: las divisiones rusas están más cerca de Berlín que la City de Londres.

La idea de que se puede ser rico pero no tener responsabilidades es tentadora. A menudo se cita el ejemplo de Suiza en ese sentido. Pero Suiza tiene unas Fuerzas Armadas enormes y, hasta hace relativamente poco, sus ciudadanos recibían entrenamiento militar cada año. De hecho, si Hitler no invadió ese país fue porque estratégicamente no ganaba nada haciéndolo y, encima, se exponía a una guerra muy sangrienta e los Alpes. En todo caso, eso es, también, impensable en la Europa del siglo XXI.

Que una región del mundo que supone casi la quinta parte del PIB global no quiera ser consciente de que el poder y la riqueza conllevan responsabilidades y peligros es, cuando menos, sorprendente. Pero es una idea muy extendida. En el terreno de la política doméstica, existe un consenso, incluso en la calle, de que el poder económico conlleva poder político. De hecho, uno de los tradicionales ‘poderes fácticos’ era la banca, por motivos obvios.

En política internacional, sin embargo, las cosas son mucho más confusas. La idea de que economía y estrategia aunque no formen un matrimonio perfecto, sí tienen al menos relaciones carnales de manera regular, es relativamente nueva, y dista de estar aceptada. En general, a los analistas en ese campo les da sarpullidos pensar en cosas tan básicas como que las guerras hay que pagarlas. Y, por el otro lado, el desconocimiento en los sacrosantos mercados financieros de las realidades geopolíticas es, a menudo, pavoroso. Aunque el colapso de la Unión Soviética ha popularizado el análisis del riesgo político, todavía queda mucho por hacer.

Súmese a ello que la política internacional siempre tiene un toque aristocrático, porque suele ser cosa de gente de familia bien, que habla idiomas y estudió en el extranjero, ha trabajado en el sector público o en organizaciones sin ánimo de lucro – como universidades o think tanks – y que, por tanto, ve la economía como algo que, de hecho, no le afecta. Y, por el lado del sector privado, a menudo pasa lo contrario. El resultado es un divorcio intelectual que conlleva errores trágicos. El caso de Ucrania es el peor de todos. No podemos pretender ser una potencia solo para lo que nos gusta.