Un nuevo estudio descarta que la peste negra fuera tan mortífera y tuviera un alcance tan devastador como se creía antes

Un nuevo estudio descarta que la peste negra fuera tan mortífera y tuviera un alcance tan devastador como se creía antes

Los investigadores estudiaron los cambios que experimentó la agricultura en los años de propagación de la peste y posteriores a través del análisis de polen fósil.

Un grupo interdisciplinar e internacional de científicos puso en duda que la infausta pandemia de peste negra que azotó Europa entre los años 1346 y 1353 tuviera un alcance tan devastador como se suele pensar y como sugiere la literatura posterior.

A través de un estudio paleoecológico, el equipo llegó al «descubrimiento de una asombrosa variabilidad regional» en la propagación de la infección, explicó el historiador y líder de la investigación, Adam Izdebski, a la revista The Conversation.

La valoración más común de este fenómeno histórico es que la peste bubónica llegó a casi todos los rincones del continente europeo y mató a entre el 30 y el 50 % de su población, mientras que el investigador noruego Ole Benedictow eleva en ‘La historia completa de la Muerte Negra’ este balance mortal al 60 %. Estas opiniones se basan en documentos de funcionarios estatales o de la Iglesia y otros textos escritos por testigos que visitaron los focos de la enfermedad.

Sin embargo, la cobertura geográfica de estos reportes y relatos es incompleta, por lo que los investigadores trataron de entender qué había pasado en las regiones que carecían de esta documentación. Para ello recurrieron a una herramienta inusual: el microscopio, que les ayudó a obtener la información necesaria a través del análisis del polen fósil de las plantas que florecían en Europa a mediados del siglo XIV. Este material se conservó en abundancia en el fondo de los lagos y humedales del continente.

Izdebski y sus colaboradores, entre los cuales se encuentran geógrafos, botánicos, expertos en agricultura y medioambiente, analizaron más de 1.600 muestras de polen extraídas del barro en 261 lugares distintos de 19 países europeos, incluidos los insulares como Irlanda. Así lograron determinar qué planta esparció más polen en cada terreno y qué cambios se produjeron con el tiempo en las proporciones del polen de cereales y otros cultivos, por un lado, y de las hierbas y plantas silvestres, por el otro.

A partir de la dinámica del cuadro de polinización para cada territorio, los estudiosos concluyeron que el alcance de la pandemia no fue universal ni tan catastrófico como se creía, con excepción de algunas regiones concretas. Así, reconocieron que «el paisaje humano se contrajo drásticamente después de la llegada de la peste negra» en el sur de Noruega y de Suecia, el centro de Italia y dos regiones de Francia y de Grecia.

No obstante, en los reinos de Aragón y Moravia (Chequia) «la presión humana sobre el paisaje» se mantuvo aproximadamente al mismo nivel, o –en otras palabras– la población siguió cultivando los campos igual que antes. A su vez, en Polonia, los países bálticos y el centro de España los cultivos incluso aumentaron, continuando la expansión de la agricultura frente a la naturaleza silvestre, concluyeron los científicos.

Si hubiera habido una mortalidad universal y catastrófica en toda Europa, «los registros de sedimentos del paisaje lo habrían dicho», sostiene Izdebski. En este sentido, el historiador sugiere cambiar la forma en que se utiliza la peste negra como modelo para estudiar otras pandemias y dejar de «sacar conclusiones fáciles» sobre ellas.

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